sábado, 18 de mayo de 2013

Extractos de un artículo en marcha






“Even if it does not involve electronics or computers, conceptual poetry is thus very much a part of its technological and cultural moment[1]

En mis lecturas de los últimos años estoy advirtiendo una tendencia de numerosos narradores a utilizar elementos del arte contemporáneo, en especial de las artes conceptuales (utilizo esta expresión porque el arte conceptual tiene muchas y muy divergentes direcciones). Las formas de uso por los narradores de esta línea de fuga también son muy diferentes. Los escritores pueden utilizar las obras de arte para canalizar una obsesión o introducir un tema en la novela. A César Aira un mural ficticio le sirve en El error (2010) para presentar al misterioso personaje Pepe Dueñas, una figura legendaria que habría vestido el mismo atuendo, o el mismo tipo de atuendo con prendas idénticas durante toda su vida[2]. La descripción del mural, que es narrativo, nos hace tener la duda de si ésta y otras novelas breves donde pululan multitud de personajes en situaciones irracionales no serán para él como murales, donde experimenta una narración basada en pequeñas escenas que acontecen en situación de igualdad, como en el Tríptico de las delicias de El Bosco o en algunos cuadros multitudinarios de Brueghel el Viejo.

La cita de Aira no es causal porque su escritura es recipiendaria de las artes conceptuales y, en especial, del protoconceptualista Marcel Duchamp. Vivian Abenshushan recuerda que Duchamp es su maestro, y también que “en su ensayo La nueva escritura, César Aira ha dicho que ‘los grandes artistas del siglo XX no son los que hicieron obra, sino los que inventaron procedimientos para que las obras se hicieran solas...’ Con eso bastaría para entender el conjunto de su narrativa no como un proyecto balzaciano, sino como un proyecto conceptual en el que también participa el gesto de la publicación incesante de falsas novelas, cuya única importancia es el método con que fueron fabricadas”[3]. Esta apelación de Aira tiene un aire de familia con otras que podemos ver últimamente y que vienen de la narrativa española contemporánea. La más explícita sería sin duda la de Diego Doncel en su novela Amantes en el tiempo de la infamia (2013), donde leemos en la página final:

Este libro debe ser leído así, cada una de sus partes es la pieza de un puzzle que se proyecta en una pantalla. Porque todas las vidas son, al mismo tiempo, sucesión y simultaneidad, y en la vida de Robert y de Marie cualquier hecho o imagen del pasado formó parte de los hechos o de las imágenes del presente. Mi idea, en este sentido, ha sido hacer una novela conceptual, una instalación narrativa conceptual.[4]

Doncel, que tuvo desde niño amistad familiar con el artista del grupo Fluxus Wolf Vostell, concibe su novela desde un lugar limítrofe entre la expresión literaria y la artística; esto no quiere decir que sea arte hecho por otros medios, palabras mediante, sino que su literatura está muy influenciada por el arte conceptual y utiliza algunas de sus premisas. Algo similar, en este caso por “deformación profesional”, sucede con la última novela del profesor y crítico de arte Miguel Ángel Hernández Navarro, Intento de escapada (2013), sobre la que volveremos más adelante por su especificidad y la profundidad de su tratamiento sobre el tema.

[…]

Otro ejemplo sería el de la última novela de Javier Moreno, 2020. En un momento de la historia, un personaje llamado Josefina pasea por una exposición en una galería en el Barrio de las Letras. Después de un ácido retrato tanto de este barrio como del ambiente cultural “jipijo”, Moreno describe las piezas: “Josefina pasa frente a los cuadros. Todos ellos repiten el mismo esquema, un plano de Auschwitz superpuesto a: una imagen de un hombre que ordena libros en una biblioteca, una imagen de un grupo de trabajadores reunidos en una asamblea, una imagen de un grupo de trabajadores sentados en torno a una mesa. Los títulos que acompañan a dichas obras son: Voluntario barriendo las hojas muertas de El Retiro, Voluntario en la biblioteca pública Joaquín Leguina, Trabajadores abocados a la disyuntiva de aceptar el despido o una bajada de sueldo, Ejecutivos de GS decidiendo en asamblea la estrategia de la compañía. (…) la pintura de los ejecutivos de Goldman Sachs transmite una serenidad casi religiosa. Los ejecutivos visten camisas blancas y sobrias corbatas bajo trajes amplios y oscuros, un estilo que hace pensar extrañamente en el hábito de una orden monástica, en iniciados de una religión mistérica y sombría.”[5]. Este inexistente cuadro de ejecutivos recuerda bastante a los inexistentes veintidós cuadros de la “serie de composiciones de empresa”[6] que Michel Houellebecq hace pintar a Jed Martin en su última novela hasta la fecha, El mapa y el territorio (2010). Entre esas piezas imaginarias de Houellebecq están Bill Gates y Steve Jobs conversando sobre el futuro de la informática y también otro óleo de agentes de bolsa titulado La entrada en bolsa de la acción Beate Uhse. Sobre este escribre el autor francés: “sus traders en pantalón de chándal y sudadera con capucha, que aclaman con una lasitud hastiada la gran industria del porno alemán, son los herederos directos de los burgueses con chaqué que se cruzan interminablemente en las recepciones escenificadas por el Fritz Lang de los Mabuse; los trata con el mismo distanciamiento, la misma frialdad objetiva” (p. 167). No acaban aquí las bromas literarias sobre ejecutivos bursátiles de Wall Street, seguramente fruto del hartazgo de quienes tienen que trabajar muchos años para ganar el dinero que un broker consigue en una semana especulando sobre valores en parte irreales. La primera obra literaria de arte ficticio sobre este tema ya la había creado Óscar Gual en la citada Cut and roll (2008). Cuando el protagonista asiste a la exposición privada de algunas obras del artista Ecoss, presencia una pieza titulada “Broker”. Aquí la descripción de Gual:

-En esta tercera urna verán la creación más gamberra y a la vez comprometida. Se llama Broker (…) Hace veintidós horas y cuarenta y tres minutos (…) este hombre que les mira desnudo y perplejo desde el centro del cristal estaba saliendo de Wall Street tras ganar varios millones de dólares gracias a una oportunidad desaprovechada. Iba hacia su casa. El propósito de retenerlo en este acuario de reducidas proporciones en el que apenas si puede moverse es mostrar a quienes manejan los hilos de nueestro sistema social tal y como son en realidad, desprovistos de toda herramienta. Y apreciar su cara de asombro al convertirse en un objeto de museo, en una cosa. Se ha despertado hace media hora y nunca se explicará qué le ha sucedido. Le volveremos a sedar y despertará en algún callejón del Bronx. Su historia será tan creíble como la de un abducido por los extraterrestres. Puede que opte por creer que fue un sueño, aunque en su interior siempre sabrá que fue real. O puede que se vuelva loco, o hippie. (p. 238)

[…]

En Leonardo (2013), de Guillermo Aguirre, el desesperado protagonista se obsesiona hasta tal punto con una teta, o quizá mejor dicho con la fotografía de una teta, que acude a una exposición para robarla. También para Marcos, el protagonista del Intento de escapada de Miguel Ángel Hernández Navarro, la obra homónima del artista Jacobo Montes, probable trasunto de Santiago Sierra, se convierte en una obsesión y también es detenido por la seguridad de la sala al intentar forzarla para llegar a su última comprensión. La imagen de alguien detenido por buscar el sentido último de una pieza (no por su destrucción, sino por perseguir su entendimiento) dice mucho también del lugar de la crítica en nuestro tiempo, y quizá sea algo más que una metáfora literaria, insertándose en otra cadena, más política y crítica, de significados.

[…]

Para no romper el historicismo, sin dejar de actualizar el pasado conceptual a la mirada de nuestro tiempo, debemos hacer constar que las circunstancias que encontraban esos artistas en su época eran extraordinariamente similares a las que la narrativa innovadora halla en la actual: la misma resistencia a lo nuevo, los mismos gustos tradicionales y manieristas sancionados por el mercado y el público, los arrebatos ñoños y sentimentales disfrazados de arte. Que durante los últimos años textos hechos pasar por novelas como los de María Dueñas y Albert Espinosa se cuenten entre los más vendidos habla bastante claro de esta situación que describo. La indignación del artista, y del escritor, ante esta situación, pudo comenzar en los sesenta pero no se ha extinguido, e incluso en las fases históricas intermedias durante los pasados cincuenta años ha tenido sus ritornellos y sus reapariciones estelares. Así lo ha reflejado, además, la literatura. Recordemos la significativa novela de Ignacio Vidal-Folch, La cabeza de plástico (1999), donde se examina desde dentro el mundo del arte. Uno de los protagonistas explicita la reacción contra la reacción, la indignación ante el arte anacrónico y carente de búsqueda: “(…) te rogaría que cuando te refieras a las cosas que estáis exhibiendo desde hace treinta años en esas funerarias que son los museos no mencionases los conceptos ‘artista’ y ‘arte’. Si entendemos como arte las obras que proporcionan satisfacción de las necesidades de armonía espiritual y estética, o que incorporan al mundo lo que yo llamaría ‘espacios de sentido’, esas cosas nada tienen que ver con él”[7]. Y, en otro momento de la novela, se deja muy claro lo que una obra de arte debería ser, para el artista (y, quizá, esto sólo podemos suponerlo, para el propio Vidal-Folch): “la innovación y el riesgo son exigencias sustanciales de la obra de arte, pues no hay arte verdadero que no explore, que no incomode” (p. 26). Muchos de los escritores que estamos aquí citando han comenzado a publicar en el siglo XXI, y entiendo que no es casual que las mismas obras en que recogen testimonios o ejercicios de arte conceptual sean, a su vez, otras tantas resistencias estéticas contra la literatura que se vende, contra la novela comercial, contra la mecánica continuista de la novela decimonónica caracterizada porque se entiende bien, que no necesita un lector acostumbrado y refinado, y que cumple por tanto a la perfección las necesidades del mercado: novelas poco “literarias” o cuya literatura sea pura estandarización, fácilmente digerible por un consumidor tipo y poco exigente. Del mismo modo que otros novelistas optan por otros procedimientos de ruptura con la literatura fácil, combatiendo la comercialidad de otras maneras (como la hiperestetización intelectualizada de Ricardo Menéndez Salmón, o la crítica social o sociohistórica de Belén Gopegui, Antonio Orejudo, Pablo Martín Sánchez, Isaac Rosa o Rafael Reig, o la crítica a la tecnología de consumo de Germán Sierra, o la elaborada irracionalidad de Cristina Fernández Cubas, o la desgarrada introspección de Claudia Ulloa o Cristina Rivera Garza), los narradores que aquí estamos citando utilizan el arte contemporáneo como medio de penetrar en la realidad, tanto la social como la del arte, y de denunciar algunas imposturas y excesos a través de la exposición conceptual de obras artísticas. Creo que aquí si se puede tender un puente con el arte conceptual, ya que a juicio de Santamaría, “en el caso del conceptualismo, o en buena parte de él, aunque sea resumir en exceso, el asunto residía en el cuestionamiento del propio sistema artístico y la purga tanto de lo estético como de lo mercantil” (ibídem). En estos escritores, a mi juicio, también se utiliza al arte como instrumento de crítica y conocimiento, como medio de indagación en la realidad de nuestro tiempo, buscando metáforas o imágenes de lo que sucede y exponiéndolas de un modo diferente, visual en otro sentido.

[…]

Quiero precisar que estos autores no intentan, a mi juicio, desbastar esa “plenitud de lo real” apuntada por Vanoli sustituyéndolo por un simulacro (salvo Óscar Gual, que sí estaría a mi juicio dentro de una narrativa del simulacro, de la que hablamos en otro lugar), sino más bien utilizar el arte como un escalpelo conceptual para abrir las capas de cebolla de la realidad y llegar a su almendra. Un medio para apuntar directamente a lo esencial, a aquello que se considera como importante. Si Houellebecq, Gual y Moreno apuntan a los ejecutivos de Bolsa como personajes influyentes de nuestro tiempo y representativos de la economía virtual que nos gobierna, las obras de arte que diseñan sobre esos ejecutivos permiten hacer la crítica sin caer en lo panfletario, utilizando el concepto artístico como instrumento intelectual de acercamiento a esa zona, tan importante y con tantos efectos en los ciudadanos, de la realidad.  Estos escritores están interesados en la metáfora spinoziana del pulidor de lentes, pero no desean construir un espejo mimético para reflejar la realidad –no creen en la imagen stendhaliana de la novela como espejo a lo largo del camino–, sino que persiguen pulir una lupa, un microscopio, una lente de aumento para darle protagonismo a aquellas zonas de la realidad que el espectáculo pretender dejar en sombra. Visibilizar lo invisible, hacer ver lo oculto, es una especie de “magia”, como se explica en la novela de Hernández Navarro, cuya parte artística está dirigida precisamente a describir la ocultación literal, el entierro artístico de un inmigrante subsahariano dentro de una urna cerrada. Estas urnas –la opaca donde Jacobo Montes sepulta a Omar, la transparente donde Gual encierra al aterrado broker neoyorkino– son espacios simbólicos que desean expresar la invisibilidad en que viven los inmigrantes y la sobreexposición mediática en la que viven los dueños del capital. A mi modesto juicio, estas operaciones conceptuales, que utilizan resortes y técnicas artísticas a través de la literatura, son mucho más sugestivas que la mera declaración panfletaria o que la ingenua exigencia de responsabilidades desde dentro de un libro que jamás van a leer sus destinatarios. Las exigencias deben hacerse en otras urnas, las electorales, o en la calle; dentro de un libro lo que quizá deba existir –y no es poco– es arte concienciado y que conciencie, si eso es lo que el autor desea.








[1] Craig Dworkin, “The Fate of Echo”, in Craig Dworkin and Kenneth Godsmith (eds.), Against Expression: An Anthology of Conceptual Writing; Northwestern University Press, 2011, p. xlii.
[2] C. Aira, El error; Mondadori, Barcelona, 2010, pp. 26-30.
[3] Vivian Abenshushan, “César Aira: la novela inexistente”, Letras Libres, México D.F., diciembre 2003, p. 90.
[4] D. Doncel, Amantes en el tiempo de la infamia; Siruela, Madrid, 2013, p. 243.
[5] Javier Moreno, 2020; Lengua de Trapo, Madrid, 2013, pp. 30-31.
[6] M. Houellebecq, El mapa y el territorio; Círculo de Lectores, Barcelona, 2011, p. 108.
[7] Ignacio Vidal-Folch, La cabeza de plástico; Anagrama, Barcelona, 1999, p. 82.

sábado, 11 de mayo de 2013

Páginas entre literatura y arte


Ayer, dentro del ciclo de conferencias del Medialab-Prado de Madrid presenté en directo un tablero de Pinterest en el que llevo meses trabajando. Toda sistematización es dudosa (y además está sancionada por cierto pensamiento posmoderno que critica los intentos de clarificar el panorama y de establecer taxonomías), pero uno se deja llevar por el entusiasmo y cree que puede haber personas que agradezcan este tipo de esfuerzos. En todo caso ha sido divertido -prolijo, pero divertido- hacerlo. 

El tablero tiene por objeto una aproximación sintética a 7 formas habituales de comunicación entre el lenguaje y la imagen estática (no he incluido imágenes dinámicas como vídeo o videojuegos). La clasificación que propongo es opinable, por supuesto, y hay imágenes resistentes a la categorización. Por eso algunas de ellas han sido incluidas en dos clasificaciones a la vez, sea por tener elementos de ambas o porque están a medio camino entre ellas. 

El mapa, en consecuencia, es el siguiente:


#1: Poesía visual y caligramas.
#2: Word Art, variante del arte conceptual que implica que "el texto (...) y el titulado (...) se transformen en logos, en palabras-objeto sin contexto y connotación literarias", según Anna Maria Guasch.
#3: Novela gráfica, novela híbrida[1] y lo que he denominado en El lectoespectador novela pangeica.
#4: Arte tipográfico.
#5: Arte mediante o a través de palabras utilizadas como material compositivo.
#6: Usos tardomodernos de la imagen en narrativa o prosa.
#7: ilustraciones de libros, cuadernos de artistas o textos orientales.

En el tablero, cada imagen lleva su respectivo número, que la ubica dentro del mapa. 

Y la dirección de Pinterest donde está el tablero:

http://pinterest.com/vicenteluismora/between-text-art/

Espero que os interese. Saludos


[1] “The style of new graphic novels leaves a lot to be desired for many people and provides just what is needed to many others but undoubtedly it helps readers to understand the story in other way.  It is an style that, although we are not used to seeing it very often, we should take into account above all nowadays since digital reading is becoming much more common. Personally, I think this is a style that could gradually take off but  it is clear that the author and graphic designer should work side by side”; Alberto Hernández, Hybrid novels, 2009.

viernes, 19 de abril de 2013

El blog decreciente



Quizá lo sepáis ya, pero desde hace tres semanas tengo, además de Diario de Lecturas, otro blog, sin título, dentro de El Boomeran(g):

http://www.elboomeran.com/blog/1506/blog-de-vicente-luis-mora/

Es un proyecto distinto a este. Para empezar se trata un blog decreciente. Si todo va bien tendrá 100 entregas, cada una de 500 palabras exactas. Se han publicado ya la 100, la 99 y hace un momento la 98. No es un blog de crítica literaria, sino un ensayo literario de 50.000 palabras, fragmentario y en marcha, escrito a través de un blog.

Sigo pensando que el blog es uno de los instrumentos literarios más precisos, maleables y sugestivos de nuestro tiempo. De ahí que lejos de abandonar este, me dedique a la práctica por duplicado. 

Es posible que las entregas de este Diario de Lecturas se espacien porque, a pesar de que mis ganas son dobles, mi mente sigue siendo una y escaso mi tiempo libre. Intentaré que lo que aquí aparezca siga teniendo la poca o mucha calidad de siempre.

Nos vemos aquí, o allí, o en donde queráis. Abrazos.

domingo, 7 de abril de 2013

Afinación


Yo sentía que el instante tenía un sentido oscuro que era preciso afinar y perfeccionar. 
Jean-Paul Sartre, La náusea


En los últimos meses han coincidido en las estanterías tres libros que tienen un elemento en común: los tres suponen una especie de afinación de los temas, tonos e intereses de sus novelas anteriores. Hay que decir que las tres novelas son excelentes y que no pueden ser más dispares o diferentes entre sí. Parecen escritas por tres escritores de tres países o mundos distintos, algo que simboliza la riqueza y variedad de la última narrativa española, que está pasando a mi modesto entender por un momento dulce.
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1. Aforismos dopados

Las mujeres suelen fijarse en los detalles. Yo también. Sobre todo me fijo en los detalles.
Javier Moreno, Alma


El primer ejercicio de afinación me ha parecido encontrarlo entre las dos últimas novelas del murciano Javier Moreno. Alma (Lengua de Trapo, 2011) y 2020 (Lengua de Trapo, 2013) están escritas desde una autoficción distanciada pero explícita. También comparten temas, sobre todo el argumento principal y último (común a su vez a las obras de Sara Mesa y Menéndez Salmón sobre las que hablaremos después): la abyección del ser humano. “Creo que el ser humano es en esencia una especie abyecta y que ese es el secreto de su éxito evolutivo. Ante la ingenuidad y la abyección, siempre me decanto por la ingenuidad. No puedo escribir la palabra abyecto sin pensar al mismo tiempo en Thomas Bernhard.” (Alma, p. 16). También hay obsesiones habituales de Moreno en ambos libros: las referencias científicas, la distancia entre copia y original, Josefine Mutzenbacher, la higiene íntima, IKEA, el ruido blanco, la moda, Google Earth como proveedor de sentido entre realidades lejanas, los pequeños detalles elevados a símbolos cósmicos, etc. Si María tiene en Alma una carpeta de fotos a la que denomina “Alma”, Gowan tiene en 2020 otra carpeta de imágenes a la que titula “Revelaciones”. Aunque parecen obras diferentes, la estructura de 2020 es similar a la de Alma, pero amplificada: los hallazgos de una línea ahora son de una frase. Los de un párrafo se hacen ahora de una página. Están más elaborados, son relámpagos en vez de fogonazos, pero la escritura se basa en el encadenamiento de destellos de inteligencia y observación. El argumento, más trabado y “legible” en 2020 sigue sin ser importante, algo sobre lo que el autor no ha dejado de ser explícito: “El argumento siempre me ha interesado más bien poco en las novelas. (…) El resto —la trama— no son sino extrapolaciones. La vida es una suma de acontecimientos carente de trama. Como mucho, podría hablarse de pequeñas convergencias que procuran la ilusión de sentido” (Alma, pp. 30-31). Del mismo modo que las lámparas LED se iluminan gracias a lo que los electricistas llaman el “silicio dopado” (semiconductor de banda prohibida indirecta en la terminología científica), Alma y 2020 se construyen a partir de aforismos dopados, destellos o fogonazos que han sido desarrollados en pequeños párrafos cegadores; haces de luz cebados destinados a iluminar las zonas en penumbra de nuestra realidad cercana. Así, de un detalle de Alma,

“—Es la primera lección del bróker. Comprar acciones a la baja y vender al alza.
—Un principio de conservación del dinero.
—Efectivamente. Una sabiduría equiparable a la de los maestros taoístas. La única apuesta segura es la apuesta por el vacío.” (Alma, p. 79).

Moreno levanta ahora una reflexión monumental sobre el ciego azar bursátil, la tiranía del dinero, la crisis económica y la virtualización de la “gran economía”, que asfixia la devaluada microeconomía individual. Aquí aprecio un gran parecido con (o un homenaje a) la novela Cosmópolis de Don DeLillo, pues tanto Gowan, el personaje millonario de Moreno, como el Eric Packer de DeLillo, se mueven por la ciudad en un coche, juegan a bolsa y llevan a veces a sus asesores dentro del vehículo con un ordenador. Desde allí ambos elaboran discursos mitad sociológicos, mitad oníricos, sobre nuestro tiempo: “no es que seamos testigos tanto del flujo de la información cuanto de un espectáculo puro, o de la sacralización de la información, ritualmente convertida en algo ilegible” (Don DeLillo, Cosmópolis; Seix Barral, Barcelona, 2003, p. 100); “el dinero es vulgar porque es todavía algo material (…) Los espíritus viajan a la velocidad de la luz, se propagan a través de ondas y fibra de carbono y se materializan en forma de cifras” (2020, p. 95). Ambos elaboran su Arte de la guerra particular, para un campo de batalla por completo desmaterializado, sin que eso signifique, por desgracia, que no haya víctimas reales.


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2. Panópticos corporales

Ah, las cuatro paredes de la celda…
Sara Mesa, Un incendio invisible

Cuatro por cuatro (Anagrama, Barcelona, 2012) tiene varios puntos en contacto con Un incendio invisible (Fundación José Manuel Lara, Sevilla, 2011), la anterior novela de la poeta y narradora sevillana Sara Mesa. En ambas un personaje masculino en crisis vital, con leves problemas oculares (miopía en Cuatro, astigmatismo en Un incendio; si apunto la anécdota es porque creo que la autora la emplea como metáfora de la imposibilidad de los protagonistas de acceder íntegramente a la experiencia), con una mujer clavada en el recuerdo (la loca Lola, Elena), y con total desgana por su nuevo trabajo, llega a una institución (un geriátrico, un college), que bajo una capa de normalidad encubre numerosos y terribles secretos. Buena parte de la historia en ambas novelas transcurrirá describiendo cómo el personaje aprende las nuevas y extrañas reglas, se diluye en ellas con total inanidad y desinterés, con la sensación de estar dentro de una obra de teatro (Cuatro, p. 241; Un incendio, p. 191), mientras que va descubriendo oscuras relaciones entre los habitantes y los trabajadores. Ambas instituciones acaban siendo cárceles de vigilancia y control absoluto más que lugares donde sanarse o aprender. Y hay más: esas instituciones están ubicadas en ciudades inexistentes (Vado, Cárdenas), con ligero parecido a ciudades reales, y la sociedad es distópica en ambos casos: Vado está siendo abandonada por sus habitantes sin que se conozca el motivo, Cárdenas se desangra en una incontrolable serie de disturbios sociales. Los espacios vacíos, las ruinas, las zonas muertas en que los escasos habitantes viven relaciones casi selváticas, animales, son una constante en ambas obras, así como las relaciones de poder, sometimiento y crueldad entre los personajes, el sexo enfermizo o disfórico, la sensación de fin d’époque, la sensación de amenaza, la “violencia sorda, conflictos de poder, jerarquías, sumisiones” (Cuatro por cuatro, p. 136), “torturas, encierro, locura, enfermedad” (p. 130), temas estos últimos que comparte con La calera de Thomas Bernhard, una referencia explícita de Mesa. Cuatro por cuatro es mucho más redonda que Un incendio invisible, está mejor escrita (sobre todo en su última parte) y la alternancia de hasta cuatro narradores diferentes demuestra la ambición narrativa creciente de la autora. Sólo reprochar la excesiva linealidad interna de cada parte, algo monótonas en el modo de ir aportando información, y algunas construcciones mejorables: “casi estoy corriendo cuando llego” (p. 119), “pero yo igual me llamo ahora de otra forma” (p. 127). Por lo demás, Cuatro por cuatro es una novela agudamente anclada en las zonas de sombra del ser humano y de su hobbesiano comportamiento, y un ejercicio literario consistente y recomendable.

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3. Lo inefable a la vista

Un hombre es lo que ha visto.
Ricardo Menéndez Salmón, La luz es más antigua que el amor

La última novela de Menéndez Salmón, Medusa, sobre la que no nos extendemos porque próximamente hablaremos de ella en otra parte, tiene igualmente numerosos puntos de contacto con La luz es más antigua que el amor. Aparece otra vez un álter ego del autor (Bocanegra, seguramente), se construye sobre un artista ficticio (Prohaska), del mismo modo que la anterior se levantaba en parte sobre Adriano de Robertis y Vsévolod Semiasin, y sus temas principales tienen que ver con la abyección humana, el mal y la relación entre el artista y el poder. Amén de ello hay coincidencias aún más estrechas. En ambas se pone en cuestión el género de la biografía (Medusa, p. 99; La luz es más antigua que el amor, p. 153), aparece en ambas el tema de la autodestrucción de la obra (Semiasin se come sus pinturas, Prohaska “arrojó al mar todos y cada uno de sus dibujos”, p. 27), en ambas se ahonda –con notable perspicacia y profundidad– en el topos de la imagen, y entre las dos aparecen prácticamente todos los horrores históricos del siglo XX, de Hiroshima a Dachau, de Stalingrado a la Guerra Civil española. Capturar el horror es uno de los asuntos centrales no sólo de estas dos obras, sino quizá de toda la narrativa de Menéndez Salmón. Derek Walcott escribió sobre la última obra de Ossip Mandelstam que “Mandelstam, en su agonía, trata de escribir un buen poema, y este esfuerzo salva el texto para nosotros. El triunfo de escribir una buena obra no elimina el sufrimiento vivido, pero es asombroso que la belleza nazca de una situación de horror. Por eso no cabe hablar de pesimismo u optimismo; la poesía es su propia verdad”. Prohaska explica los motivos para abandonar el arte, después de su última y terrible fotografía: “mi viaje (…) ya había cumplido su cometido, pues lo único inacabable en el mundo es el horror. El horror es el único combustible que jamás se agota, la materia prima más y mejor repartida en el universo” (pp. 134-35). De este modo, salvar el horror, regresar del viaje al que se partió para dar forma artística a lo inefable, es el objetivo de los artistas ficticios de Menéndez Salmón, que pagan un alto precio vital por sus propósitos estéticos.

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4. Conclusión

Alguna mente malpensada puede decir que estos autores han llevado a cabo sus respectivos ejercicios de afinación a la vista del buen resultado que les depararon sus anteriores novelas. No podemos negarlo tajantemente, pues ignoramos qué se mueve en la mente de los otros escritores –y quizá es mejor así–, pero nuestro optimismo antropológico y la confianza en la trayectoria de estos tres autores, que han demostrado sobradamente su competencia en el género novelesco y en otros, nos hace pensar que la afinación puede ser también un ejercicio de modestia. Del mismo modo que la reescritura constante de Juan Ramón Jiménez supone, frente a la soberbia que le achacan sus detractores, un evidente modo de humildad en la persecución de la mejor forma posible del poema, Moreno, Mesa y Menéndez Salmón intentan pulir su propia obra en busca de la mejor novela de que son capaces, aprendiendo de sus propios errores pero también de sus aciertos. De hecho, son los aciertos los que están desarrollados en estas nuevas obras: Mesa escribe mejor y con más ambición; Moreno ahonda en personajes y estructuras, y Menéndez Salmón ha crecido en su capacidad de ligar la anécdota vital de una persona con su periplo artístico. Podría decirse que han salido ganando, sí, pero lo importante es que quienes hemos salido victoriosos, al final, hemos sido sus lectores.


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[Relación con las editoriales: ninguna con Anagrama, ninguna con Lengua de Trapo, Seix Barral es mi editorial habitual. Relación con los autores: cordial en los tres casos]

sábado, 16 de marzo de 2013

(Firma digital invitada) Paula García Santoro: inquietudes sobre el diseño

"Hola, Vicente. Estoy estudiando diseño de producto, y tengo algunas dudas que me gustaría plantearte en relación a este campo. En primer lugar, quisiera mostrar mi repulsión hacia esta tendencia posmo-chachi en el diseño que se/nos impone y que vendría a representar el BUEN HACER: Ikea. No hace mucho, en unas de esas yoguererías tan de moda y tan representativas de un mundo aparentemente suave y limpio, un chaval, ante la extrema limpieza y blancura-cool del local (la limpieza como antesala del fascismo), le dijo a su compañero: “joder, aquí parecemos manchas”, y me pareció un comentario muy paradigmático de la repercusión del diseño en las personas. El diseño parece que esté en el cielo, en los valores (los objetos parecen más virtuosos que las personas), en el buen hacer, en ese espacio blanco, abstracto, divino, donde se establecen hipotéticos usos sin ninguna relación con las manos, más que las del propio diseñador. Es como si nuestra función se redujera a producir espectros, imágenes de lo apropiado, de lo que tendría que ser un hogar o espacio público, es decir, una vida. Un escenario, a fin de cuentas, limpio, seguro, culto, para que la gente vea, toque y piense que está en un buen lugar.

Participar de esta paranoia colectiva, en la que todo es guay, sexy y anárquico, inclusive, y consciente de sí y blablabla, me entristece, porque con todas estas gilipolleces sé que se ocultan unas cada vez más radicales diferencias de clase, adquisitivas y jerárquicas. Los objetos se reducen a las exposiciones, a los Designs weeks, y a la madre que los parió. Es como si la figura del diseñador fuera una mamá ideal, muy Special-K, que tiene que cuidar, enseñar y alimentar BIEN a sus niños, para que un día (que nunca llegará) se conviertan en unos buenos ciudadanos-emprendedores. Por ello, es menester que sepan apreciar como toca todas esas instalaciones superecológicas que les hemos montado para divertirse, reflexionar, etc. ¡Anda ya! Parece que nos eduquen para cobardes, para asquearnos del otro. Estoy harta de todas estas políticas destinadas a asfixiar las vidas de las personas con una sonrisa servicial, convirtiendo la ciudad en una casa, en algo íntimo y domesticable, y así tú poder sentirte “como en casa” -> Hasta aquí mi pataleta pija.

Ahora bien, te pregunto, Vicente, ¿qué aconsejarías a una estudiante de diseño que está apuntito de meterse en el proyecto de final de carrera? ¿cuál es tu postura frente al diseño? y en este panorama tan turbio y geometrizador que se presenta, ¿conoces alguna propuesta en el diseño que respete a las personas, que parta de la tierra? ¿y alguna referencia bibliográfica? El otro día leí una entrevista muy interesante al arquitecto Enric Miralles y me gustó mucho su forma de proyectar, dialogando con el entorno, pero consciente a su vez del daño que puede llegar a producir su obra en el tejido urbano. Es una manera de proyectar que me parece muy atractiva. En clase proyectamos de la siguiente manera: apuntamos en la pizarra (blanca) una serie de conceptos que ponemos en común y que más adelante se convertirán en algo físico... Los valores nos ciegan. Seguimos soñando en realizar un sistema democrático de gente libre e igual, y acabamos creando cosas blancas-tope-chachis sin apenas relación con su entorno. Islas flotantes, hermosas, en un mar de conflictos y miseria."

Paula García Santoro, diseñadora de producto (Valencia, España)

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Respuesta

Gracias por tu interesante punto de vista, Paula. No soy experto en diseño, y no puedo recomendarte bibliografía como la que buscas. Pero lo que escribes me ha hecho pensar. En efecto, hay un diseño humanizado, como el de Miralles, o como el de los edificios de Rafael Moneo, que incluye al hombre en el proyecto y le procura entornos habitables. Lejos de la máxima de Le Corbusier, para quien la casa era una "máquina de habitar", Miralles o Moneo eliminan la máquina de la ecuación -por más que toda construcción sea en parte, por supuesto, un artefacto mecánico-. El problema del diseño comienza cuando lo maquinal, como apuntas en tu texto, cobra más importancia que el ser humano al que el edificio (el objeto, el producto, el entorno, etc.) va destinado. Entonces comienza la alienación, que puede ser simple e inocua, como cuando hay un exceso de diseño, o grave y dañina, cuando el diseño convierte a la persona que se mueve en su interior en una mancha, en un error estético, haciéndola sentir incómoda.

Y esto sucede, por descontado. Hay centros comerciales, aeropuertos o espacios abiertos en los que al diseño excesivo de la arquitectura se une el hiperdiseño de algunas tiendas o espacios interiores, de forma que se produce en la persona que circula por ellos una especie de síndrome Stendhal espacial, donde el vértigo descrito por el escritor de Grenoble se transmuta en un mareo visual producido por la saturación de diseño que, en una tienda de Apple, por ejemplo, va desde el logotipo hasta la organización de la tienda, desde los objetos vendidos hasta las mesas funcionales, proyectándose en todo momento la idea de que no eres "cool" si no formas parte de esa lógica hiperorganizada y estetizante. No son pocas las personas que me han comentado la frialdad terrible que contemplan en una tienda de Apple. Como si existiese una distancia inalcanzable entre la perfección de los objetos cuadrangulares (todos los productos más vendidos de Apple son ahora cuadrangulares), con esquinas levemente redondeadas, y nuestro cuerpo tosco, romo, lleno de accidentes orográficos y de extremidades que tienden a romper la forma rectangular.

Creo que es el imaginario de la ciencia ficción el que mejor ha representado la alienación del individuo en espacios hiperdiseñados, donde la única forma de no desentonar es ajustarse a una mecánica de movimiento pactada de antemano, a una coreografía maquinal (véase en especial el trailer de THX 1138). Sólo si el ser humano se comporta como un mecanismo puede formar parte razonable del entorno. Son tres películas (las otras son The Clockwork Orange y Tron) que muestran diversas formas de deshumanización. Te dejo estos tres vídeos y con ellos me despido. Gracias por tu correo electrónico.














domingo, 17 de febrero de 2013

Exquisitez contra la barbarie



Iván Repila, El niño que robó el caballo de Atila; Libros del Silencio, Barcelona, 2013

Jesús Carrasco, Intemperie; Seix Barral, Barcelona, 2013.

Gracias a Miguel Ángel Hernández Navarro, quien comentó en Facebook que estos dos libros tienen puntos de contacto, los he leído seguidos, uno a continuación del otro. El resultado de esta lectura conjunta es muy enriquecedor y surgen de ella algunas conclusiones interesantes. La primera es que, a mi juicio, la narración contemporánea más sugerente es aquella que rompe la rígida estructura del melodrama y explora otras fórmulas de comunicación con el lector. Creo que por eso Intemperie, de Jesús Carrasco, sin dejar de ser una brillantísima novela, me ha interesado menos que El niño que robó el caballo de Atila, de Iván Repila, nouvelle que me ha parecido honda, inquietante y efectiva. Intemperie es un western clásico, puesto por escrito con enorme calidad literaria y un saber constructivo notable tratándose de un debut narrativo. El libro de Repila es literatura simbólica y salvaje, como la de Rafael Pinedo o Juan Rulfo, menos premeditada y virtuosa pero que se impregna en la memoria y en las tripas. Su lectura otorga ese aldabonazo en la escarcha de la mente que Kafka requería para la literatura. Como mero ejemplo: “La vida es maravillosa, pero vivir es insoportable” (El niño que robó el caballo de Atila, p. 95).

Los dos personajes centrales de las novelas tienen muchas cosas en común: son niños; no se explicitan sus nombres ni apenas circunstancias personales; vienen de familias infernales de las que quieren librarse; sufren hambre, miedo y privaciones durante toda la obra que les generan similares delirios y deliquios visionarios (como perseverar en su forma de huida hasta dar la vuelta completa al mundo: “Si no puedo salir por arriba, saldré por debajo. Aunque tenga que atravesar el mundo como un gusano”, El niño que robó…, p. 117; “como mucho, daría la vuelta al mundo para volver a toparse con el pueblo”, Intemperie, p. 23; esta idea ya estaba presente en Nadie conoce a nadie, de Juan Bonilla); y su imaginación feraz se opone a la barbarie inhóspita de su entorno. También tienen sueños o visiones donde ven el interior de su cerebro como un espacio vacío (El niño que robó…, p. 107; Intemperie, p. 46), metáfora con la que ambos autores describen las opresoras cárceles mentales en las que viven. Ambos chicos se arrojan a la intemperie de la existencia humana de la más cruel y desgarrada de las formas, y ambos aprenden a utilizar la violencia después de sufrirla: la venganza más atávica late en el final de las dos novelas.
 
El motivo por el que el lector empatiza a la perfección con ambos niños ya lo explicó Jonathan Franzen al hablar de Robinson Crusoe: “leer acerca de las soluciones prácticas a los problemas del hambre, la intemperie, la enfermedad y la soledad es sentirse invitado a entrar en la narración, a imaginar qué haría uno si se encontrara aislado de una manera siimilar, y a medir su propia resistencia, recursos e ingenio práctico en comparación con los de él". (J. Franzen, Más afuera; Salamandra, Barcelona, 2012, pp. 38-39.)

También hay conexiones de tono y estilo: el tono brutal y despojado se alterna en ambas novelas con párrafos o frases más elaboradas, como demostrando que la economía de medios es un recurso estilístico intencional y no una carencia. Queda claro que la parquedad y el laconismo no son característicos de esta nueva narrativa tardomoderna, de la que hace poco vimos otro ejemplo, el de Rubén Martín Giráldez. Por el contrario, estos nuevos autores tienen un estilo fuerte, sólido, rico, cimentado en la tradición y bien temperado, que nada tiene que envidiar al de sus mayores. Intemperie tiene otro elemento valioso: la recuperación (que ya habían hecho en distintos momentos Azorín o Delibes) del léxico rural, llenando la novela de términos como ataharre, serón, albardas, creosota, etc., raras ya de encontrar en el uso cotidiano del idioma.

En resumen, dos novelas excelentes y necesarias, entre las que no hay que elegir. Es deber del lector atento leer las dos.
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[Relación con los autores: ninguna. Relación con Libros del Silencio: ninguna. Relación con Seix Barral: es mi actual editorial de narrativa]